“La ética no se predica, se cultiva: cada decisión es una semilla que define lo que seremos mañana.”

 

Cada decisión profesional, por pequeña que parezca, es como una semilla que plantamos. Algunas florecen en confianza y progreso, mientras que otras terminan marchitándose en desconfianza y retroceso. En tiempos donde la palabra “ética” parece haberse convertido en un lujo o una frase de decorado, es más urgente que nunca recordar que nuestras acciones dejan una huella. No importa si dirigimos una empresa, un equipo o simplemente gestionamos nuestro tiempo: lo que hacemos hoy es la base de la sociedad que construiremos mañana.

La confianza es un recurso cada vez más escaso. No es porque falten personas honestas, sino porque la prisa, la presión por resultados y la falta de reflexión nos han llevado a perder el rumbo sobre lo que es correcto. En este escenario, los administradores —al igual que economistas, ingenieros o docentes— juegan un papel fundamental: ser los guardianes de la coherencia entre lo que se promete y lo que realmente se cumple. Administrar no es solo manejar recursos o procesos; es cuidar la legitimidad, el valor de la palabra y el impacto que nuestras decisiones tienen en los demás.

La ética, en este sentido, no es un ideal lejano o abstracto. Es una brújula práctica que nos guía. Aparece cuando decidimos no aprovechar una oportunidad que compromete nuestros valores, cuando asumimos con transparencia un error, o cuando elegimos el camino más difícil porque sabemos que es el correcto. Antes de tomar cualquier decisión es importante preguntarse tres cosas sencillas: ¿es justo? ¿es sostenible? ¿cómo afecta a los demás? Estas preguntas no buscan complicar nuestra tarea, sino recordarnos que cada elección es una pieza en el entramado social que compartimos.

La confianza, por otro lado, no se compra ni se impone. Se construye con coherencia y constancia. Un líder confiable no es quien tiene todas las respuestas, sino quien cumple lo que promete, escucha antes de actuar y asume la responsabilidad incluso cuando las cosas no salen como esperábamos. Esto se refleja en detalles concretos: responder a tiempo, reconocer el esfuerzo de otros, ofrecer retroalimentación sincera y mantener la palabra dada. Son pequeños actos que, al repetirse, forman una reputación sólida. Y creo que ese es el reto: repetir estos pequeños actos.

Esa reputación, aunque intangible, es un capital poderoso. Basta con una decisión apresurada o una omisión ética para que empiece a erosionarse. No existe hoja de cálculo que mida el daño causado por la falta de confianza, ni plan estratégico que pueda restaurar rápidamente lo que la incoherencia destruye. Por eso, el verdadero reto es no confundir velocidad con progreso. Avanzar no es moverse rápido, sino hacerlo con sentido y dirección.

Hoy, más que nunca, nuestro Perú —y el mundo— necesita profesionales que vuelvan a creer en su vocación. Personas que hagan las cosas bien, no por obligación, sino por convicción. Que vean en su profesión un camino para generar cambios y no solo un medio para ganarse la vida. Cada oficio, desde su propia lógica, está llamado a resolver problemas y crear bienestar. Ese es el verdadero sentido del trabajo: mejorar la vida de otros mientras mejoramos la nuestra.

No se trata de idealismo, sino de responsabilidad. Si cada uno reconoce que sus decisiones tienen impacto, el cambio deja de ser solo un discurso y comienza a convertirse en cultura. No hace falta esperar reformas ni héroes; basta con alinear lo que decimos con lo que hacemos.

Quizá no logremos cambiar el mundo de la noche a la mañana, pero sí podemos plantar la semilla correcta en nuestro entorno más cercano. Esa semilla puede ser una decisión justa, una palabra honesta o un acto responsable. Son gestos simples, pero cuando se multiplican, el cambio deja de ser solo esperanza y empieza a ser realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lic. Rodrigo A. Pereda Falcón

Economista y Docente

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