“En un Perú donde emprender es un acto de valentía, las historias de lucha y esperanza siguen siendo más fuertes que la violencia que intenta apagarlas.”
Hay días en que los negocios se detienen para darle paso a las emociones.
Hoy fue uno de ellos.
En mi empresa dedicada al comercio de productos de consumo masivo, estamos acostumbrados a las presiones comunes del veloz mundo comercial. Empezamos en 2018 vendiendo frutas y verduras a amigos y conocidos, luego abarrotes, productos para bebés y mascotas. Crecimos poco a poco, primero en unas cuantas urbanizaciones, después en varios distritos, actualmente cubrimos toda la provincia.
Pero hoy aprendimos una vez más que el comercio no solo se mide en ventas, sino también en las historias que uno toca cada día.
Esta mañana, recibimos un pedido como tantos otros: entregar una canasta con víveres a una familia en una zona marginal de Trujillo. Era parte de un programa de ayuda que gestionamos junto a empresas socialmente responsables.
Nada fuera de lo común… hasta que conocí a María.
Nos estacionamos frente de lo que al parecer era un pequeño restaurante de menú abandonado, pizarra con escritos borrosos y letreros empolvados. La puerta estaba abierta, pero no se veía movimiento. Llamamos. Salieron dos niños pequeños, con curiosidad y mucha timidez. Minutos después apareció María: desalineada, con el rostro marcado por el cansancio y la tristeza. Era una mujer de esas que uno reconoce de inmediato como símbolo de esfuerzo: la emprendedora que un día abrió su negocio con ilusión, que madrugaba para cocinar y atender, pero que ahora por alguna razón, sobrevivía entre la escasez y el miedo.
Nos presentamos. Le explicamos que traíamos una entrega de víveres en nombre de una empresa cliente.
Su rostro cambió de inmediato. Las lágrimas se mezclaron con una sonrisa que desbordaba gratitud.
“Dios es grande —nos dijo—, ya tengo qué comer hoy. Solo me falta para el gas que se acabó ayer, pero ya veré cómo hago más tarde.”
Sus hijos empezaron a jugar con los paquetes, como si fuera Navidad. El ambiente, por unos minutos, se llenó de esperanza.
Ella firmó la hoja de entrega, nos agradeció insistentemente con palabras sencillas pero profundas, por un momento su rostro empezaba a proyectar nuevamente optimismo. Nos despedimos con la sensación de haber hecho algo pequeño, pero significativo.
Y entonces, mientras salíamos, apareció él, de traje motorizado con casco puesto, acento extraño, voz dura y tono amenazante. “Vengo por el pago —dijo—. Llevas días atrasada y esto se acabó.”
La puerta se cerró lentamente.
El silencio posterior fue helado.
En la móvil, mi colaborador y yo nos miramos con impotencia. Habíamos llevado alimento a una familia, pero detrás de esa misma puerta quedaba un monstruo invisible que está devorando a cientos de pequeños emprendedores: la extorsión, los préstamos informales, las redes criminales que se disfrazan de ayuda y se convierten en verdugos.
Ese día entendí que emprender en el Perú no solo es un desafío económico: es un acto de valentía.
Valentía para empezar sin garantías, para levantarse tras cada caída, y para resistir un entorno donde la delincuencia amenaza a quienes solo buscan trabajar con honestidad.
María no es la excepción. Es el rostro de miles de peruanos que cada día luchan entre la esperanza y el miedo.
Y mientras muchos hablan de innovación, de startups, de transformación digital, de inteligencia artificial, hay un país profundo que sigue pidiendo algo más básico: seguridad para poder trabajar.
Quizá no vuelva a ver a María. Pero quiero creer que, hoy por la tarde, encendió su cocina, sirvió un plato caliente y abrazó a sus hijos con la certeza de que todavía quedaba esperanza.
Porque, aunque la violencia la golpee, el espíritu emprendedor peruano tiene algo que ninguna banda puede extorsionar: la fe en volver a empezar.

MBA. Lic. Víctor Hugo Florián Paredes – CEO MiMercado.Delivery. vhfamauta@hotmail.com
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